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Las fronteras silenciosas – estas que no se ven, pero que están ahí – han modelado mi forma de mirar el mundo. Son ellas las que revelan cómo se construyen y cómo se separan los mundos sociales, como si los territorios de lo visible y lo invisible se dibujaran siguiendo líneas de clase y de cultura.
Allí donde las referencias se desplazan y el mundo se habita de manera distinta, he vuelto a encontrar esa exigencia muda del rostro, que obliga a reconocer al otro en toda su presencia. No era un simple escenario social, sino una forma de estar en el mundo, como un paralelismo real de aquello que entendemos como realidad absoluta.
La experiencia vivida no queda presa únicamente en la conciencia. La libertad no es un estado, sino una prueba que los obstáculos vienen a medir. La frontera entre adentro y afuera se rompe, allí donde el mundo se manifiesta en contacto con nuestra propia carne.
Es entonces cuando me convierto en espejo: mostrando que quien mira también es mirado, que el cuerpo de lo sensible pertenece al mundo que percibe. La imagen deja de ser una captura para convertirse en experiencia: un lugar donde lo interior y lo exterior se entrelazan, donde no se narra solo lo que sucede, sino lo que nos une, allí donde nos encontramos.







































































